Es uno de los riesgos laborales con dos caras. La de la salud, que suele ser lenta —una dermatitis, una enfermedad respiratoria, un cáncer años después—, y la de la seguridad, que es inmediata: una quemadura, una intoxicación aguda, un incendio o una explosión. Las dos se gestionan con la misma información: saber qué producto hay, qué peligro tiene y cómo se usa.
La tabla de peligros de la GTC 45, la guía para la matriz de peligros, lo describe según la forma en que el agente llega al trabajador: polvos orgánicos e inorgánicos, fibras, líquidos (nieblas y rocíos), gases y vapores, humos metálicos y no metálicos, y material particulado. La Tabla de Enfermedades Laborales del Decreto 1477 de 2014 abre su Sección I con «1. Agentes químicos» y los recorre uno por uno —arsénico, asbesto, benceno, cromo, plomo y muchos más— con las ocupaciones expuestas y las enfermedades asociadas.
Cuatro de las enfermedades de ese decreto son de origen laboral directo, sin necesidad de probar más (Sección II, Parte A): asbestosis, silicosis, neumoconiosis del minero de carbón y mesotelioma maligno por exposición a asbesto. Las cuatro son de origen químico.